En el año 835 el emir omeya de Córdoba ͨAbd al-Rahman II decidió acabar con la permanente rebeldía de la población de la antigua capital de la Lusitania ordenando demoler las murallas de la ciudad y levantando en su lugar una fortaleza o alcazaba destinada a albergar una guarnición permanente que controlara la ciudad y el estratégico puente romano sobre el río Guadiana. Esta construcción, reputada como la obra militar más antigua conocida en al-Andalus, mantuvo su uso y carácter prácticamente hasta el final del medievo. La obra emiral consistía en un recinto de forma prácticamente cuadrada, con uno de sus lados dispuesto en paralelo a la orilla del río, construida con material de expolio procedente de construcciones romanas aparejado de forma un tanto irregular, sin proceder a su relabrado y con la inserción en ocasiones de mampuestos y ladrillos. Presenta a distancias regulares pequeñas torres cuadradas de muy escasa proyección respecto de los lienzos y que más parecen contrafuertes que verdaderas torres de flanqueo; parece que contó con un foso perimetral en los tres lados que el río no protege con su cauce. Al recinto principal se la adosó en su ángulo occidental, lugar en el que se accede al puente, un segundo recinto menor conocido como el “alcazarejo”, que tiene a la vez carácter de barbacana de la alcazaba y de controlador de los accesos al puente, pues presenta en su reducido perímetro tres puertas. Una que da paso al puente, otra de entrada a la alcazaba y una tercera por la que debían transitar quienes desde el puente o la alcazaba pretendían entrar en la población o continuar ruta hacia el norte.
Durante el periodo califal aunque Mérida siguió desempeñando el papel de capital de su cora, y la fortaleza continuó prestando su función de alojar a los gobernadores y la guarnición en representación del poder del estado cordobés, como han demostrado los restos hallados en su interior, se inicia un proceso de decadencia acentuado en el siglo XI, por la pérdida de protagonismo de la antigua capital frente al pujante desarrollo de Badajoz, convertida finalmente en capital de la taifa de los aftasíes. Todo esto se manifiesta en la falta de referencias textuales sobre sus actividades o de presencia en ella de personajes de prestigio y en último término, en una drástica reducción del recinto urbano.
En el siglo XII, sin que se aprecien actuaciones constructivas relevantes por parte de los almorávides, sí que la reacción almohade a la presión reconquistadora de los reinos de León y Portugal llevará consigo tanto acciones militares directas como una extensa actividad re-fortificadora en la que se pueden incluir diversas acciones en la ciudad de Mérida y especialmente en la alcazaba.
La vieja fortaleza emiral fue reforzada mediante la construcción en los tres lados no protegidos por el río, de una serie de torres albarranas, con fuerte proyección hacia el exterior. Estas estructuras se conectan con las torres emirales o con las cortinas del recinto mediante resaltes o suplementos de las torres en las que se apoyan arcos que enlazan con las torres propiamente dichas. Estos arcos tienen una luz de más de tres metros y para evitar que bajo ellos se pudieran refugiar los atacantes, presentan en su clave un orificio a modo de buhera por el que se les podía hostigar. A estas torres cabe sumar el refuerzo que se hizo en la torre del ángulo este del recinto que quedó envuelta por nueva fábrica cuadruplicando prácticamente su superficie y en este caso sobre elevándola notablemente. Acción similar debió sufrir la torre del ángulo norte, pero las transformaciones posteriores acaecidas en esa zona de la alcazaba impiden ratificarlo. La fortaleza fue dotada de un antemuro, cuya liza o pasaje entre este y la muralla trascurría bajo los arcos de comunicación entre las torres albarranas y la muralla. Como todo esto se hizo en el espacio que ocupaba el antiguo foso, este quedó amortizado disponiendo una nueva cava en una línea más exterior.
Ni el recinto emiral ni las albarranas conservan resto del almenado. La fábrica con la que están construidas estas albarranas resulta bastante similar a la utilizada en la construcción emiral, realizada con sillares expoliados, aunque si cabe, con un mayor recurso a rellenar huecos con piedras irregulares o con ladrillos. Especialmente significativo es el uso de este material en la formación de los arcos de comunicación entre las torres y la muralla, alternados con sillares formando dovelas, lo que evitaba una labra precisa de estas últimas. En general, se utilizan piedras de menor tamaño en las zonas altas con una mayor abundancia de aparentes sogas. En la torre del ángulo oriental se aprecian tres tipos de fábrica. Sillares grandes, como en las albarranas, en la zona inferior y hasta la altura de los adarves de la muralla; sillarejo de menor tamaño en hiladas regulares en una zona intermedia y fábrica de tapia en la parta más alta.
La alcazaba de Mérida cuenta con cinco torres albarranas. De ellas, tres son de factura similar y pueden considerarse de construcción almohade (nº 1, 2 y 3), lo mismo que puede decirse del refuerzo de la torre del ángulo oriental del recinto; la nº 1 está ubicada en el frente sureste y las otras dos en el noreste. De las otras dos torres (nº 4 y 5), la nº 4 completa la defensa del frente noreste y la otra se sitúa en el noroeste. La primera podría ser una torre almohade luego transformada tras la conquista cristina, aunque el muro de conexión con la muralla y el arco que lo atraviesa no tienen la misma forma ni las dimensiones que las otras tres. La segunda es claramente una construcción cristiana pues además de ser de mucho mayor tamaño y contar con cámaras o salas interiores, su aparejo regular, con sillares labrados exprofeso y no de expolio, la diferencian claramente de todas las anteriores. La transformación y construcción de estas dos últimas torres se puede situar en el último cuarto del siglo XV, y en relación con la guerra civil castellana.
Tras la conquista cristiana de Mérida acaecida en 1230, el rey de León Alfonso IX entregó la ciudad a la orden de Santiago y sus caballeros transformaron la alcazaba en sede de la encomienda, construyendo en el ángulo septentrional de la fortaleza emiral otro recinto más pequeño a modo de castillo o último reducto cerrado con una muralla diagonal y con una torre en su centro. La torre del ángulo norte se convirtió en torre del homenaje, transformada sucesivamente hasta su forma actual fruto de la final conversión del castillo en conventual santiaguista que supuso la pérdida de su carácter militar al disponer en su interior un claustro monástico con nuevas dependencias por el exterior de la muralla.
Con estas torres hay que poner también en relación otra torre similar que formó parte del recinto de la medina y que hoy se sitúa dentro de un solar de la calle Arzobispo Mausona, y cuyo muro de unión con la muralla contaba con dos arcos para permitir el paso junto a ésta.
Antonio Almagro